El Fantasma de la Libertad

El fantasma de la libertad

Cuando el cineasta surrealista Luis Buñuel llamó así a su anteúltima película fue por afecto a Marx y Engels que en 1848 empezaban así el Manifiesto Comunista: “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo1”.
Don Luis identificaba al comunismo con la verdadera libertad. Y además advertía que la libertad política y social, como la libertad del artista y el creador, eran todas ilusorias dentro del orden burgués. La sociedad capitalista contemporánea no puede permitir el libre desarrollo de la ciencia, el arte y la cultura toda, pues está basada en rigurosas estructuras sociales y económicas de explotación. El capitalismo implica la limitación del acceso a los medios de producción de la cultura y el arte para la gran mayoría de la sociedad. Sin abundancia, sin liberación social y económica, no puede haber genuinas libertades políticas ni culturales.  Al no estar los medios socializados, accesibles a todos, para hacer realidad el libre desarrollo del arte, la libertad de expresión y creación en los marcos de la sociedad capitalista no es más que una apariencia, una ilusión que da la burguesía y que nunca es efectiva ni podrá serlo.
La posibilidad de creación al estar reservada a una minoría muy reducida de la sociedad burguesa establece el indisoluble carácter elitista de la producción artística actual. En su relación con esta minoría el capitalismo combina el aliento a “las nuevas tendencias” que le permitan renovar el mercado, con la coerción de todo aquello potencialmente “desestabilizador”. Cuando surge algún sector rebelde o disidente dentro de esta ínfima minoría que amenaza con su actividad quebrantar el optimismo del mundo burgués y cuestionar la perpetuidad del orden existente, el poder necesita aplicar la censura y la persecución. Es que al capitalismo no le alcanza, y quiere cercenar recurrentemente esa ilusoria “libertad de expresión” de esencia liberal, prohibiendo y negando lo poco y lo mismo que dice garantizar.
En los albores del siglo XXI, el agravamiento de las condiciones estructurales de miseria y explotación se han desarrollado a tal extremo que no sólo impiden que la mayoría de la humanidad tenga tiempo, herramientas, y demás condiciones indispensables, es decir garantías para crear libremente, sino para tan solo poder crear o producir algo artístico, y en gran medida incluso para poder concurrir al arte y la cultura más no sea como espectadores.
El capitalismo ha dividido el trabajo manual del trabajo intelectual, haciendo por un lado que los obreros vivan bajo el embrutecedor despotismo de la fábrica y alejados de las “musas” y por otro que los intelectuales o artistas “trabajen” con la cabeza y la imaginación pero lejos de las fábricas y las barriadas obreras.
Han reservado al arte el doble rol de ser una mercancía más y un original legitimador del orden de las cosas. La idea que del escritor tenía el joven Marx exige en nuestros días ser reafirmada vigorosamente. Está claro que esta idea debe ser extendida, en el plano artístico y científico, a las diversas categorías de creadores e investigadores. “El escritor –decía Marx- debe naturalmente ganar dinero para poder vivir y escribir, pero no debe en ningún caso vivir y escribir para ganar dinero… El escritor no considera en modo alguno sus trabajos como un medio. Son fines en sí; son tan escasamente un medio en sí para él mismo y para los demás, que en caso necesario sacrifica su propia existencia a la existencia de aquellos… La primera condición de la libertad de la prensa consiste en que no sea un oficio.”2
Las ideas de armonía y conciliación entre el arte y las leyes del mercado, entre la creatividad y la competencia o entre la creación libre y la industria cultural burguesa son puras patrañas, que quieren ocultar la contradicción permanente a la que está sometido el espíritu libre de todo arte auténtico. Las normativas del marketing de mercado y de la moda posmoderna, regidas por los supuestos del buen gusto y la trasgresión reglada, llevan implícitas las cadenas que esclavizan toda producción artística a la especulación comercial. El ideal postmoderno que promueve una supuesta inocencia e indiferencia del artista y de su obra con respecto al mundo social no ha hecho más que revalorizar la vieja noción del “arte por el arte” nutriéndola de un valor escapista, estúpidamente feliz y profundamente escéptico y temeroso.
Ante esto nos sentimos con ganas de declarar con Dziga Vertov: “A la máscara idiota de la satisfacción permanente (y al refugio en el escepticismo -agregamos nosotros-), oponemos el optimismo auténtico de la lucha revolucionaria”3
No por casualidad la experimentación en las Academias de arte no existen como proyecto primordial, sino como excepción y a pesar de sus directrices, cuando estudiantes o docentes se animan a desobedecer las reglas impuestas.
Aún así, en una sociedad donde la libertad es pura ilusión, es una necesidad de todo artista defender la libertad de expresión y la posibilidad de nuevos espacios de experimentación artística, pero es sólo un primer paso, ineludible pero insuficiente. Cuando los artistas disidentes intentan escapar a la monotonía, precisan enfrentarse y romper con todo un mundo.
Los artistas revolucionarios que en la historia del capitalismo se identificaron con los grandes actores sociales de su época, es decir con los trabajadores y el pueblo oprimido, no lo hicieron sólo por sensibilidad social, sino porque en la abolición de la explotación y de todas las injusticias socia-les, en la lucha contra la propiedad privada de los medios de producción, está la lucha por la libertad de toda la humanidad. En la liberación de las cadenas de las condiciones sociales y económicas, está la base para una nueva y vigorosa cultura de la humanidad.
Sólo la abolición total de la propiedad privada, la extinción de las clases sociales, es decir el comunismo, permitirá a toda la humanidad la conquista de un nuevo sistema social de abundancia material, de nuevas relaciones honestas y profundas entre los hombres que a su vez permitirá el libre desarrollo del arte y la cultura.
La revolución para los artistas, para los obreros o para cualquier mortal no es más ni menos que un medio necesario e indispensable para la liberación, pero el fin último y a su vez el principal, es la felicidad humana, es el salto de la humanidad del reino de la necesidad al reino de la libertad. Es el momento donde el arte se fusiona con la vida.
Reivindicamos en este sentido la siguiente frase de León Trotsky, que ya citara anteriormente Andre Bretón en el Segundo Manifiesto Surrealista: “…En una sociedad que esté liberada de la esclavizante preocupación por conseguir el pan de cada día, en que las lavanderías comunales lavarán eficazmente las prendas de buena tela de todos los ciudadanos, en que los niños –todos los niños- estarán bien alimentados, gozarán de buenos cuidados médicos, estarán alegres, y absorberán los elementos de las ciencias y de las artes como si del aire y la luz del sol se tratara, en la que dejará de haber bocas inútiles, en la que el egoísmo liberado del hombre –formidable potencia- se encaminará únicamente al conocimiento, transformación y mejora del universo, en esta sociedad el dinamismo de la cultura será incomparablemente superior a cuanto se haya conocido en el pasado…”4
¿Pero… qué es la libertad? Nosotros la concebimos como la metáfora de Marx, como un fantasma que recorre el mundo, que puja por corporizarse y que atemoriza a los dueños del poder. El fantasma de la libertad, no es otro que el espectro de la revolución y el comunismo.
Pero si hoy muy pocos hablan de revolución, es por la influencia que han tenido las ideas posmodernas que durante su dominio en los 90’ acompañaron el avance neoliberal. Con la caída del muro de Berlín, el postmodernismo se fortaleció festejando cínicamente la aparente inmunidad del capitalismo. La burocracia stalinista responsable de ensuciar con mil traiciones las banderas del socialismo, y la contrarrevolución neoliberal permitieron el avance de las ideologías escépticas posmodernas, que encontraron la oportunidad para negar toda posibilidad de cambio, confundiendo adrede el marxismo y toda perspectiva revolucionaria con el dogma totalitario y monolítico del stalinismo.
Sin embargo las posteriores crisis económicas y políticas, los levantamientos populares y las guerras han demostrado la falsedad de la profecía posmoderna. Y se vuelven a poner en debate las ideologías que denuncian la explotación y la opresión capitalista o se proponen transformar el mundo.
El fantasma de la libertad, espíritu de la revolución social, recorre el mundo desde los tiempos remotos por hacerse cuerpo, carne y sangre. Es el fantasma que se ha encarnado a lo largo de la historia, en Espartaco y los esclavos insurrectos, en los comuneros de París, en la gran revolución de octubre, en la generación del ‘70… Hoy podemos sentirlo en las fábricas ocupadas y puestas a producir bajo control de los obreros como en Zanón en Argentina, en los estudiantes, obreros y campesinos bolivianos, en la resistencia de los pueblos árabes, está presente en cada manifestación, en cada acción revolucionaria contra el orden imperante.
Sabemos que nuestra mirada va contra la corriente, la ilusión posmoderna ha desparramado la idea del fin de la historia, del fin del sujeto, la justificación del orden burgués por vía de la adoración o por el escepticismo de que no hay alternativa. Hoy predomina más la desesperación que la esperanza. Mientras que la imaginación popular es perseguida por las visiones del inminente “colapso de la naturaleza”, del cese de toda la vida en la tierra, nadie considera seriamente alternativas posibles al capitalismo: parece más fácil imaginar “el fin del mundo” que un cambio mucho más modesto en el modo de producción llevado adelante por la acción transformadora de los hombres. El sentido común ha sido infectado por la desazón a cualquier cambio posible.
Pero la religión postmoderna y sus ideólogos están en crisis, sus palacetes se desploman con el avance de la realidad. Con la crisis económica mundial del capitalismo sus propios postulados hicieron aguas por todos lados y con la resistencia a la guerra imperialista, con el resurgir de las luchas obreras, con el devenir de la lucha de clases los posmodernos están heridos de muerte.
El capital sufre su propio éxito, cuanto este sistema obtiene más productividad de la explotación de los obreros y del mayor avance de la técnica, más sobreproducción de mercancías, y por ende más caen sus posibilidades de obtener ganancias, más se ven obligados a trabarse en guerras comerciales, a provocar las quiebras, atacar el nivel de vida de las masas y dominar por medio del garrote. El desarrollo de la técnica y la socialización de la producción crecieron enormemente junto a la proletarización de franjas cada vez más grandes de la sociedad. La brecha entre ricos y pobres se amplia, los ricos son cada vez más millonarios, y los pobres cada vez tienen menos. Las masas obreras, como decía Marx, no tienen nada que perder, más que sus cadenas. Producto social de la maquinaria capitalista, a su vez son los únicos que pueden parar la producción, ponerla bajo su control y así reorganizar la sociedad sobre las ruinas del régimen burgués.
Creyeron haber podido exorcizar al fantasma de la libertad, pero les fue y les será inútil. La historia sigue andando, el mismo capitalismo que engendra las más terribles crisis y guerras de la historia, engendra también a sus sepultureros del futuro.
Por eso reivindicamos al fantasma de la libertad, la vigencia no se ha perdido nunca, sólo que la han ocultado con toneladas de tinta y escepticismo. Fruto de su propia experiencia y de la influencia de quienes se propongan conscientemente transformar la sociedad, la imaginación popular no tardará en aspirar a una sociedad nueva, al cambio profundo, no tardará en respirar el aire revolucionario que impregnará los acontecimientos actuales y futuros.
¡Y qué decir entonces sobre el futuro de libertad y prosperidad que anuncian los voceros del capital!  La pobreza y la desolación de un mundo gobernado por 300 familias millonarias, ponen la urgencia de la lucha por la revolución y el socialismo.
Toda la s(o/u)ciedad burguesa se ha convertido en la más grande y miserable prisión humana. La lucha de los hombres por la libertad total y la felicidad es el anhelo que modificó enormemente toda la historia humana, sin embargo los escépticos y los conformistas de la posmodernidad nos quieren hacer creer que hasta aquí llegamos y que no hay nada más…

(…)El desafío que tienen los movimientos artísticos y culturales actuales es precisamente poder crear y transformar en medio de las contradicciones sociales de la época. Nuestro desafío es colaborar a desarrollar una perspectiva crítica y revolucionaria. Queremos retomar el bagaje de los artistas de vanguardia que han enfrentado y desenmascarado a la moral burguesa, criticando el orden actual de las cosas, para recuperar el sentido intrínsecamente anticapitalista de todo arte liberador.
En los comienzos de siglo XXI sigue vigente aquella afirmación de León Trotsky: “El arte, que representa el elemento más complejo, el más sensible y, al mismo tiempo, el más vulnerable de la cultura, sufre muy particularmente de la disgregación y putrefacción de la sociedad burguesa.
Es imposible encontrarle salida a este atolladero por los medios propios del arte. Toda la cultura está en crisis, desde sus cimientos económicos hasta las más altas esferas de la ideología. El arte no puede ni salir de la crisis ni mantenerse al margen. No puede salvarse sólo. Perecerá inevitablemente, como pereció el arte griego bajo las ruinas de la sociedad esclavista, si la sociedad contemporánea no logra transformarse. El problema tiene, pues, un carácter totalmente revolucionario. De ahí que la función del arte en nuestra época se defina por su relación con la revolución.”6
Este es nuestro aporte desde la crítica y la búsqueda, desde la reactualización del marxismo revolucionario, porque creemos que hay alternativa a este mundo, nos oponemos a toda resignación escéptica de un futuro desolado que no es más que la muerte del futuro. Elegimos vivir y cambiar este mundo.

Notas

1 El comunismo para Marx es la sociedad sin clases, liberada de la explotación del hombre por el hombre. Es el momento en que la humanidad puede alcanzar el reino de la libertad. Todo lo contrario a la farsa stalinista del Partido Comunista de la vieja URSS (y sus satélites), que envenenaron las bases de la revolución rusa, ahogándola bajo una burocracia totalitaria que suplantó los intereses de la revolución social en el mundo por la defensa de sus propios privilegios materiales. En el arte el “realismo socialista” que promovieron fue la máxima expresión de la falsificación y la imposición dejando claro como atacaban la revolución y al ideal comunista.
2 Manifiesto por un arte revolucionario independiente. A. Bretón y L. Trotsky, 1938
3 “Memorias de un cineasta bolchevique” Diario de Dziga Vertov, cineasta futurista ruso partícipe de la revolución de 1917, que impulsó el Kino-Glaz (Cine-Ojo).
4 Trotsky, Revolución y Cultura, “Clarté”, 1/11/1923
5 ver artículo “El arte está en otra parte”
6 León Trotsky, Sobre arte y Cultura “El arte y la revolución” carta a la redacción de Partisan Review, 1938.

 

2004. Revista Marxista de Arte y Cultura

Partido de Trabajadores Socialistas (PTS)

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Acerca de Barricada Juventud Revolucionaria

Una organización juvenil revolucionaria, de estudiantes y estudiantes/trabajadores, por ahora fundamentalmente de la UCV, de diversas carreras (Historia, Sociología, Estudios Políticos, etc.) donde confluimos compañeros que militan en la LTS (Liga de Trabajadores por el Socialismo) e independientes, que coincide en el objetivo estratégico de acabar con esta sociedad de clases, de destruir al Estado de los patrones y conquistar un orden social sin explotados ni explotadores. Quienes impulsamos esta agrupación apostamos al desarrollo de una militancia juvenil verdaderamente rebelde y revolucionaria, anti sistema, que no tenga nada que obedecerle ni deberle a ninguna institución del sistema capitalista, a ninguno de los poderes de la sociedad burguesa, que no comulgue con ningún proyecto burgués ni se subordine al Estado.
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